Kam Wuj, un ilustre cicuta del esoterismo, escribió en "El Libro del Destino" lo siguiente:
"Como todas las Vibraciones Maestras, el 11 trasciende los límites de la mentalidad y el comportamiento humano. Es un reto que exige niveles de conducta muy altos y severos que no les permiten olvidar que ante todo y sobre todo se deben a los demás. Al estar sintonizados a una de las más altas Vibraciones, son idealistas dispuestos al sacrificio por un ideal y a menudo son los propulsores de ideas de avanzada social e interés comunitario".
Pues bien, si el número 11 está in sintonía con las Vibraciones Maestras, que son, todo sea dicho, las más altas vibraciones, tomemos buena nota del comentario para el futuro. Sí, sí, tomemos muy buena nota.
Digo todo esto porque serán nada menos que 11 los Abogados Generales que tendremos a partir de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, tal como acordaron ayer los Jefes de Estado y de Gobierno reunidos en el Consejo Europeo informal celebrado en Lisboa.
Os seré sincero y pensé que pasarían de los 8 actuales a 10, pero finalmente ha reinado el café para todos: un Abogado General para Polonia y dos para los Estados pequeños, que ahora tendrán cancha para rotar entre cinco Abogados Generales y no tres, como se venía haciendo hasta ahora. Esta medida me ha hecho pensar sobre varias cuestiones, todas ellas ligadas al papel del Abogado General, claro está. A ver qué os parecen...
Siempre ha habido quienes han dicho que los Abogados Generales no sirven para nada. Es un viejo argumento que viene de antiguo y al que se han sumado voces muy autorizadas (de las que no daremos cuenta en este blog, claro). Si las Conclusiones no son vinculantes... ¿para qué sirve un Abogado General? Si su opinión sólo tiene la fuerza de sus argumentos, quizás podríamos ahorrarnos un buen dinero y cerrarles el chiringo para crear, en cambio, más jueces en el TPI, cada vez más saturado y necesitado de apoyo material y humano.
Pero ahora resulta que en la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno uno de los pocos temas que ha llegado vivo hasta el final es precisamente el de los Abogados Generales, pero no para acabar con ellos, ¡sino para que haya más! Si no sirven para nada, ¿por qué tienen tanto interés los polacos en asegurarse uno? Si sus Conclusiones parecen no tener mucha utilidad, ¿por qué los pequeños han reivindicado su justa dosis de Abogado General? Parece, en definitiva, que no eran ni tan inútiles ni tan irrelevantes, pues de lo contrario el debate se habría centrado justamente en lo contrario: acabemos con la figura y hagamos que el proceso judicial comunitario se haga más eficaz.
Esto me lleva a otra idea: en las Conclusiones de los Abogados Generales es donde mejor se ve, sin lugar a dudas, la tradición jurídica de cada uno de ellos. La cultura jurídica de los Magistrados queda difuminada por la naturaleza colegiada de las formaciones del Tribunal, pero las Conclusiones de los Abogados Generales son viva muestra de la forma de entender, de cada uno de ellos, el Derecho. La fuerza cristalina de los argumentos de Léger eran un vivo ejemlo de la mejor cultura jurídica francesa; la solidez dogmática de Julianne Kokott muestra que, para los alemanes, hacer Derecho no es sólo resolver casos, sino también dar encaje a un caso en un marco teórico más amplio; la brillantez intelectual de Miguel Maduro, tan apabullante y seductora, aporta esa forma tan mediterránea y al mismo tiempo anglosajona de hacer Derecho, con un pie en la dogmática y otro en el contexto y su realidad social. Una tendencia que también puede verse en las Conclusiones de Dámaso Ruiz-Jarabo, uno de los Abogados Generales más preocupados por buscar una lógica jurídica aplastante de la mano de la justicia del caso concreto, en cuyas Conclusiones se ven grandes esfuerzos por pulir conceptos como el de "equidad", en línea con la emotividad racional propia de nuestra forma tan española de ser.
Los Abogados Generales han sido quienes han aportado la transparencia de la diversidad cultural traducida al mundo del Derecho comunitario. Si ahora pasan a ser once, esa pluralidad será más visible aún. Con once voces apoyando al Tribunal en la búsqueda de respuestas en un universo tan incierto como el jurídico-comunitario, la riqueza que han aportado a lo largo de estos cincuenta años contribuirá a reforzar aún más no sólo la toma de decisiones del Tribunal, sino también la legitimidad de la institución.
Y si son once, no diez ni doce, puede que se cumpla la profecía del bueno de Kam Wuj, nuestro teórico del esoterismo: los número once "son idealistas dispuestos al sacrificio por un ideal y a menudo son los propulsores de ideas de avanzada social e interés comunitario". Esto del "interés comunitario" es de pura casualidad, pero quizás, dentro de diez o quince años, resulta que Wuj nos demuestra que ya veía venir el devenir de la justicia europea, y muy especialmente el de sus once Abogados Generales, los de las Vibraciones Maestras.
No se trata de temblar, no. Parece que se trata más bien de vibrar.